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Capítulo I - Jesucristo era negro

AVANCE DEL LIBRO «JESUCRISTO ERA NEGRO» · Ramon Rossell

Oct 1, 2020 | Poesía & Sensibilidad

CAPÍTULO I :

Mi nombre es Bamba y fui criada entre los dagara. Aunque a veces se nos conoce como dagara, nosotros nos llamamos a nosotros mismos Dagaaba. Por ahora, los dagara somos la tribu más espiritual que vive en África.

Mis recuerdos más intensos son para las reuniones en el poblado, en aquellos tiempos desgranábamos los días con el paso lento, con la cadencia de los versos que se pronunciaban; con el sonido del djembe, profundo e imponente; los murmullos entre el silencio; los aromas y el humo de las antorchas dando vida a todo lo que veían mis ojos.

Recuerdo que, a la primera luz del día, estábamos en el campamento, sentados en cualquier rama de un árbol. A nuestra izquierda teníamos un grupo de mujeres de mucha edad; yo las había observado algunas veces sin darles ninguna trascendencia, hasta que mis compañeros de niñez las descubrieron desde otra perspectiva más espiritual.

Las mujeres de más edad y de más sabiduría, se sentaban sobre sus piernas bajo cualquier rama. Los niños las escuchábamos en silenciosa devoción. Sus palabras y la hoguera quemaban todas las energías negativas que pudieran rodearnos.

Además de extinguir las malas energías que podían corromper a las personas más frágiles, las mujeres sabias también tenían otras asombrosas capacidades. Con su magia adivinaban el propósito de vida de los más jóvenes y eso transformaba a los niños en hombres y a las niñas en mujeres, convirtiéndose en personas orientadas para cumplir con su misión de vida. Su sabiduría conocía los secretos de la vida.


—Nuru, hijo mío —dijo una de ellas con una voz tocada por el cielo—, acércate.


En aquel momento, mi amigo tendría unos 12 años más o menos. Nuru se colocó en el centro del corrillo que formaban las mujeres. Parecía nervioso, pero no asustado. Había visto a su madre otras veces haciendo eso mismo. Ah, pero estar ahí en el lugar que antes habían ocupado otros, no era ni con mucho lo mismo.


Le pidieron que estirase las manos hacia ellas. Todas las mujeres extendieron las suyas hasta juntar las yemas de los dedos. Le pidieron que cerrase los ojos y que mirase al cielo. El pequeño no parecía entender nada, ¿cómo podría ver nada en el cielo mirando con los ojos cerrados?


Se hizo el silencio, la energía que habían creado entre todos actuó. Él cerró sus ojos y, como si no dependiera de él, su cabeza se echó hacia atrás para que pudiera mirar al cielo. Casi al instante, los músculos del cuello de Nuru se tensaron, sus brazos se estiraron aún más y las mujeres sintieron cómo la vibración recorría sus cuerpos, primero como una corriente energética agitando sus brazos, y luego haciendo ondear fugazmente sus manos.

Todos supieron en ese momento cuál era el propósito de vida de Nuru. La más anciana y sabia de todas sonrió a Nuru y a su madre y les dijo:


—Has pasado doce años de tu vida con el nombre de Nuru, y ahora sabemos cuál es tu verdadero nombre. A partir de ahora te llamarás Dadá, porque tu función es ser guardián del amor.


Dadá sonrió tímidamente, aunque en aquel momento no sabía muy bien qué quería decir aquello de guardián del amor. Las mujeres que formaron el corro ritual estaban cansadas. Sus ojos reclamaban descanso, pero, aun así, sonreían al nuevo guardián del amor. Todos nos alegramos por Dadá, aunque en aquel momento ninguno de los más pequeños sabíamos muy bien qué iba a significar ese cambio en la vida de Dadá, porque nada parecía haber cambiado y, sin embargo, su mirada se veía distinta, más profunda y misteriosa.


En nuestro pueblo celebrábamos muchos rituales diferentes, pero todos tienen algo en común: enseñarnos que todos somos una sola mente, un solo espíritu, todo amor, conocimiento, verdad y unidad. Todos los dagara somos uno.


Mi amigo Dadá ya conocía que el propósito de vida de su alma era guardar el amor. Ninguno de nosotros lo sabía en ese momento, que le deparaba el futuro al muchacho, pero Dadá, nuestro querido amigo Nuru, había iniciado el más largo y hermoso viaje de su vida. Mirando hacia aquellos días y pensándolo bien, algo me dice que Dadá sí que era consciente del cambio y, a pesar de eso, nos regaló una última noche de juegos infantiles.

 

Ramon Rossell

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