Por: Isabella DiCarlo

Aún no te has ido y ya intuimos que serás inolvidable. Antes de ti sabíamos que todo esta vinculado a todo, pero al parecer sólo lo sabíamos intelectualmente, qué es saberlo de boquilla, superficialmente.  En otras palabras, es no saberlo. Nos estás enseñando a sentirlo, sentir es vibrar, saber de veras. Progresamos de tu mano. 

Algunos sentían antes de ti, que todo está vinculado a todo, que la vida es indivisible, que las acciones son como piedrecitas lanzadas en el estanque del Universo y sus ondas al rebotar en las orillas, regresan. Retornan las acciones buenas en buenas cosechas y las no tan buenas regresan causando al emisor el necesario dolor, para que aprenda. 

Otros lo sienten ahora, gracias a ti. Otros se aproximan, llegan, llegan. Bendito salto. 

Que te intuimos inolvidable, no significa que tengamos presunción de comprenderte, la tormenta aún no amaina y no es posible evaluar entre olas. Vemos sí que nos invitaste a no centrarnos en el origen del virus, sino su posible lección. Nos invitaste a contagiarnos de solidaridad y contagiarla.  Solidaridad, paciencia, tesón, amabilidad, presencia.  

Dice Lao Tse: “El sabio siempre vence, porque nunca lucha”; creo que miles de nosotros hemos entendido por fin a Lao Tse. ¿Cuantos son en el mundo? Tu lo sabes 2020. ¿Nos lo cuentas? Mmmm… No contestas. Nos dejas imaginando y adivinamos que son tantos como los girasoles de la Toscana o las golondrinas que en primavera regresan. 

Se impregnaron de fuerza, crecieron ante la tormenta, sintieron la necesidad del prójimo y respondieron a ella. Sintieron que ver crisis en la crisis era no verla y ver oportunidad era tener visión. Avanzaron un paso más cuando estaban extenuados y la pereza retrocedió una legua. Resistieron una hora más, cuando el cuerpo pedía claudicar y la resiliencia creció una colina. Acallaron su queja, silenciaron su crítica y su tolerancia es ahora un escudero fiel. 

La vida ama a quienes cuidan la vida.
La vida protege a quien protege a otros.

Maravilla observarles… Se les vio amables y valientes en marzo, amables y presentes en abril, conscientes de que no hay gesto de buena voluntad pequeño. Se les vio presentes en mayo esbozando la siguiente sonrisa.  Se les observó calmados en junio, sabedores de que la calma se transmite y es medicina imperial. Se les veía resilientes en julio y en agosto con deleite y sorpresa, fue posible ver que no aflojaban.  En Septiembre continuaron. En octubre extendían la mano otra vez. En noviembre empezamos a sospechar que son invencibles. En diciembre definitivamente lo sabemos. 

Invencible no es el que no se cansa, el que no derrama una lágrima, el que nunca duda. Invencible es el que se repone, el que entiende que vencer es aprender y aprender es una actitud que se elige. 

“El sabio siempre vence, porque nunca lucha”.
Los seres de buena voluntad, que nos rodean, vencen siempre.
Son la sal de la tierra. 

En unos cuantos días te marchas, pero tu enseñanza se queda para siempre. Nos has permitido ser testigos de forma nueva, de la fuerza inconquistable del corazón humano. Nos has permitido ver cómo la buena voluntad contagia buena voluntad. Nos ayudas a dar el salto. 

Lao Tse debe estar sonriendo. 

Por: Isabella DiCarlo

Psicóloga, homeópata y escritora