Por: Emiliano Matesanz

NO ESTOY EN AFRICA…

No estoy en África para contar historias tristes. Aquí aprendo lo que no enseñan en ninguna universidad del mundo. No vine a rescatar a los niños de la pobreza, la pobreza es un lugar grande y extraño que no mata más que la idiotez o la ignorancia y de eso nadie está exento, por mucho dinero que tenga.  

No estoy en África en un hotel de cinco estrellas con un ordenador portátil rellenando las estadísticas del terror.  No vine a contar muertos, aquí la vida se multiplica como las olas de un temporal. La igualdad crece con la risa en el trabajo, en las noches cansadas cuando vuelvo a casa caminando por un campo lleno de luciérnagas.  

Desde que volví no para de llover, las calles se convirtieron en ríos, el barro que se desprende de las montañas invade las carreteras y dificulta el paso. La vegetación siempre abundante ahora crece sin control, se multiplica, se eleva y se enreda por todas partes. En Freetown los murciélagos se han ido del Cotton Tree, las ratas flotan ahogadas en las alcantarillas y los vendedores ambulantes se refugian de las lluvias torrenciales debajo de enormes plásticos azules que se extienden a lo largo de la calle como si fuera un gran cielo protector. Aunque ningún esfuerzo es capaz de frenar el agua, que arremete sin piedad, como si toda la lluvia del mundo se concentrara en este pequeño y maravilloso país acostumbrado a las peores inclemencias. 

A finales de julio dejé mi habitación de  Don Bosco y me mudé a un pueblo construido por los misioneros salesianos para albergar a algunas de las mujeres afectadas por un mudslide ocurrido en agosto del 2017, cuando después de tres días de lluvias torrenciales, inundaciones devastadoras y deslizamientos de tierra, la montaña Sugar Loaf se vino abajo parcialmente, llevándose por delante barriadas enteras, en el distrito suburbano de Regent, 24 kilómetros al este de Freetown.

La casa pequeña y sencilla, está rodeada de otras casas igualmente pequeñas y sencillas, donde viven mujeres viudas, abuelas y niños que fueron reubicados aquí algunos meses después de la tragedia.  Las casas, distanciadas unas de otras por escasos metros, no dan lugar a la intimidad. Los niños, que siempre son mayoría en Sierra Leona, entran y salen sin parar, en un continuo movimiento perpetuo y eléctrico que empieza de madrugada y no para hasta muy altas horas de la noche. 

De nada vale cerrar la puerta y las ventanas, sólo conseguiré asfixiarme de calor y ellos se armarán de paciencia sentados ahí afuera repitiendo nuestros nombres hasta el cansancio, dando golpecitos y llamando la atención de todas las formas posibles.  La privacidad no tiene ningún valor, toda la vida sucede en comunidad, con las puertas abiertas, en el lío de la multitud, sin espacio para la soledad.

Me despierta hoy la discusión de dos mujeres. Todavía no son la seis, una luz tenue se insinúa al otro lado de la ventana. Una mujer joven grita y mientras se queja, golpea con un palo un cubo vacío intentando acentuar cada una de sus frases con el ritmo de los golpes.  La otra, que es más vieja, responde con gritos aún más fuertes, apenas cruzan las miradas, como si sus discursos estuvieran dirigidos a un gran público inexistente y yo, que creo que soy el único que las escucha, entiendo poco de lo que dicen. Aunque las dos son mendé, hablan en Kryo, una lengua criolla basada en el inglés que comparten todas las etnias del país. 

En un momento alcanzo a distinguir la palabra ventana y al rato me parece entender que están hablando de un gato, quizás de un gato que entró por la ventana, pero en el fondo me parece raro, porque no suelen verse gatos en Sierra Leona. La discusión se alarga y ya no estoy seguro si es un problema entre ellas dos o de ellas con el resto del pueblo, quizás  simplemente se están quejado del mundo entero. Porque el volumen de sus voces no deja de subir y yo, que ya no entiendo nada, estoy cada vez más seguro de que nadie las escucha. 

Por: Emiliano Matesanz
Artista juguetero

 Sierra Leona, Agosto del 2021