Por: Isabella DiCarlo

Se acerca el Domingo de Resurrección… Cumplimos un año del momento en que el mundo se detuvo. Hemos tenido tiempo para decirnos que no había un problema real, para ver que sí lo había y para plantearnos el cambio que cada uno de nosotros puede y debe hacer. 

Necesitábamos morir a muchas mentiras,  que es otra forma de decir que la vida no tuvo más remedio que detenernos para que rectificáramos y nos acercáramos un poco a la verdad. No hay felicidad sin raíces en la verdad; puede haber placeres, pero no felicidad. De las muchas verdades que están ahora más cerca, hay dos que son como catedrales: la verdad de que la vida de todos importa, la verdad de que hay un orden en la naturaleza y la naturaleza preside sobre nosotros.  

Hemos adquirido cierta humildad (aunque aún nos falte mucha por adquirir) y empezamos a ver que no todo vale, que la ignorancia trae sufrimiento, que la ignorancia tiene su antídoto y es hora de aprender. Hemos admitido que las consecuencias llegan. Que la luz que no sembramos, el cuidado que no tuvimos, el equilibrio que no contemplamos, traen dolor. Nos rehacemos desde el dolor. 

Rehacerse desde el dolor es otro nombre de resucitar, que es mirar la vida de otra forma. Reduciéndola menos, respetándola más… Quizás llegando a honrarla o incluso a atesorarla. 

Estamos empezando a confiar en que todo pasa para algo, todo.  Absolutamente todo es bueno si mantenemos la apertura suficiente, durante el tiempo suficiente. Ésa es la clave. Si el miedo, el dolor o el enfado nos cierran, nos perdemos el tesoro que esta muerte, esta crisis, este cambio nos depara. La vida no pide que lo veamos de inmediato, apenas nadie casi nunca ve cuando la crisis está en su apogeo. Lo que ella pide es que confiemos, que no nos cerremos, que dejemos una rendija para que la luz pueda colarse, como nos dice Rumi. 

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Han surgido nuevas conexiones entre los grupos de meditadores, se han organizado encuentros online donde cientos de personas meditan juntas, hay seminarios sobre crecimiento emocional de todo tipo, florecen nuevas iniciativas en salud y finanzas, abundan los voluntarios ayudando en fundaciones que protegen a los niños, a los animales, a la Madre Tierra que ha visto la muerte de miles de especies y tiene contaminados sus ríos sus mares…  La atmósfera misma sufre las emanaciones de nuestra codicia y es menos traslúcida a las estrellas.

Resucitamos. 

La tarea es enorme, gigantesca, pero posible. 

Cuando alineamos nuestro corazón al corazón de la vida, ella nos respalda.

Cuando la vida nos respalda, todo es posible. 

Dejemos la rendija abierta,
para que la luz pueda colarse. 

Entrará.

Tengamos el corazón abierto 

para que la luz pueda salir.

Brotará. 

Permitamos a la luz
encontrarse con la luz.

Por: Isabella DiCarlo

Psicóloga, homeópata y escritora