Por: Jaime Xibillé Muntaner

Doctor en Historia y Arte

“Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo”

Rubén Darío, Prosas Profanas,1896.

 

La Estética Decadentista

Ludwig II De Baviera

Las formas culturales del esteticismo privilegian por encima de todo la belleza antes que la función, contraponiéndose por ello a la estética funcionalista que se intentaba aplicar a la sociedad industrial y burguesa, que a pesar de su amor por el eclecticismo, finalmente cedió ante el imperativo de la máquina y del nuevo mundo que finalmente surgiría con la emergencia de la Bauhaus y el signo estético rotundo de «la forma es la función»

 

  

La Torre De Marfil 

Elisabeth de Austria, tenía una fuerte inclinación morbosa hacia la muerte y, no era tanto la alegría la que la habitaba, sino más bien un desengaño existencial que la alejaba del mundo, y su formación, no se debió a su interés en los debates y las ideas acuciantes de su tiempo, sino más bien del universo literario de su época, cuyas tendencias principales fueron las del Simbolismo Europeo, las del Prerrafaelismo, el de la Secesión Vienesa y las variantes europeas y transatlánticas del Art Nouveau, que entre todas, crearon un ambiente de modernismo, todavía no rupturista, pero que se alimentaba de formas culturales del pasado, reescritas e interpretadas en clave de su época.

Los Declives

En la historia, solo los periodos de declive son cautivantes, pues en ellos se hacen verdaderamente las preguntas de la existencia en general y de la historia en tanto que tal. Todo se eleva hasta lo trágico, todo acontecimiento toma de golpe una dimensión nueva. Las obsesiones, las manías, las extravagancias de una Sissi no podían tomar un incremento de sentido más que en una época que iba a culminar en una catástrofe modelo, es por ello por lo que la figura de la emperatriz es tan significativa, es por eso que nosotros la comprendemos mejor que sus propios contemporáneos” (E.M. Cioran, Sissi ou la vulnerabilité. En: Vienne 1880-1938, L apocalypse joyeuse, sous la direction de Jean Clair, Paris, Editions du Centre Pompidou, 1986)

La Locura 

La filosofía de Elisabeth provenía del redescubrimiento de Shakespeare y de esa ironía suprema y de esa lucidez desesperada. En alguna ocasión la misma emperatriz pronuncio una frase que caía muy bien tanto para ella como para su primo Ludwig: “la locura es más verdadera que la vida”. Bien lo escribe Cioran:

“¿Por qué amaba ella tanto a los bufones de Shakespeare? ¿Por qué visitaba ella los asilos de locos por todos los sitios a los que iba? Ella tenía una pasión sobresaliente por todo aquello que es extremo, por todo aquello que se separa del destino común, por todo aquello que está al margen. Ella sabía que la locura estaba en ella, y esa amenaza la alagaba quizá. El sentimiento de su singularidad la sostenía, la impulsaba y las tragedias que se han abatido sobre su familia no han hecho mas que favorecer su resolución de alejarse de los seres y de huir de sus deberes, ofreciendo así al mundo un raro ejemplo de deserción (…)

 Ciertas figuras del «Fin de Siècle» decimonónico, se convierten en parientes cercanos de las subjetividades emergentes, luego de la caída de las grandes narrativas, entre las que debemos considerar el hipismo, la revolución de los jóvenes iniciada en mayo del 68, el auge del Kitsch y su correlato del hombre viscoso e hipermanierista, la muerte del sujeto fuerte, transmutado en el sujeto fragmentario característico de nuestra contemporaneidad. La vida ya no necesita una linea recta ni ascendente, sino otras líneas más orgánicas, cuyo análogo seria el rizoma, y uno de los juegos preferidos «la vida como rayuela» (Cortázar dixit).  Una episteme metro se configura, recorriendo laberintos sin cesar, cambiando de vagones y de líneas, para un viaje perpetuo de la nueva cosmopedia  de un saber, cuyo centro está en todas partes y su circulo en ninguna.

Por: Jaime Xibillé Muntaner.

Doctorado en Historia & Arte.