Por: Ramon Rossell

Todos necesitamos nuestro encuentro diario con la hormona de la felicidad. Por ello, a veces las palabras se saltan las barbas del silencio, está claro que estoy hablando de las buenas palabras. 

El despertar nos desea buen día. El café con leche nos pide una sonrisa. El pipí de la mañana nos recuerda el ritmo tranquilo. La primera lectura del día nos recuerda que es posible encontrar a alguien que hable tu mismo lenguaje, así no desgastarás tu tiempo intentando traducir a tu espíritu. ¡La palabra conforma la magia de nuestro día a día!

¡Magia! Sí, las palabras tienen mensajes; lo que estás transmiten, pero, sobre todo, tienen magia. La tierra, llena de personajes, actores, aventuras, magas, magos y alguna serpiente pitón, es hoy, quizás, un escenario novelesco y es natural que esté dando novela. La palabra tiene poder, quizá por ello toda la historia de nuestra literatura fantástica se apoya en palabras poderosas capaces de hacer conjuros, hechizos y encantamientos. Desde el clásico ‘abracadabra’ pasando por el ¡Ábrete sésamo! O el intento del Yes, we can.

La magia de un vocablo

La magia de las palabras les aporta un poder, tanto para el que las pronuncia como para el que las escucha. La palabra es lo que busco para abrir la puerta de las cuevas de la montaña de Moria. O lo que utilizo para acceder a mis tesoros protegidos: ‘¡Ábrete Sésamo!’

Consciente de que le debo un agradecimiento al lenguaje y sentado en un rincón de mi casa, la cabaña, la Green House… La ventana entreabierta y allí fuera, lluvia fina de un martes de magia y sorpresa, por dentro de mi ser… Sinceridad y sensibilidad, de fondo canciones y musiquelas que suenan en tocata ochentero.

 Y empiezo a redactar este artículo, a escribir palabras en público. Esto es para mí un recreo, una responsabilidad y también un placer si facilito a una sola persona.

Por: Ramon Rossell

Escritor Inspiracional