Por: Neus Lluna

Érase una vez una niña errante, que andaba y andaba en busca del ansiado bálsamo del amor a una misma, mientras su corazón enfermo se desangraba dentro de una cajita que mantenía fuertemente apretada contra su pecho hueco.

  • Mientras no halles el bálsamo, tu corazón no sanará y no podrás amar ni ser amada-, le había dicho la anciana sabia. – Con cada nueva falta de respeto hacia ti misma, el Reino de las Hadas se alejará un poco más-, añadió.
  • ¿Dónde debo buscar? preguntó la niña, pero la anciana sabia ya se estaba alejando en la penumbra.

Así es como la niña inició la búsqueda a tientas. Buscaba debajo de las piedras, en las madrigueras de los conejos, en el lecho de los ríos, en las cuevas. Recorrió múltiples senderos, ascendió montañas y descendió a valles tenebrosos del alma. Se cruzó con algunas personas en su camino a las que intentó preguntar por el bálsamo, pero ya su voz era apenas audible incluso para sí misma. Estaba tan débil que era casi transparente y la pisaban sin querer.

La niña se fue alejando de los senderos transitados por humanos y se fue adentrando más y más en lo profundo del bosque, donde se acurrucó bajo un árbol junto a su corazón marchito. Desde allí, tiritando de frío, miedo y despedida, le pareció percibir un murmullo de llanto en un matorral cercano. 

La niña se acercó como pudo y allí encontró una hadita del tamaño de un pulgar sollozando. 

  • Hadita, ¿por qué lloras? preguntó la niña. Y la hadita le mostró unas hermosas alas que tenía sobre el regazo. 
  • Verás, hubo una vez una niña que por un terrible error dejó de amarse a sí misma, entonces se me cayeron las alas- . Unas lágrimas de compasión asomaron, por primera vez desde hacía mucho, a los ojos de la niña y el corazón ensangrentado se estremeció dentro de la cajita. 
  • Hadita, permíteme que te cosa las alas. Sin embargo, la pequeña hada negó con la cabeza.
  • Eso sólo puede hacerlo la niña errante que lleva años en la búsqueda del bálsamo del amor a sí misma para poder sanar su corazón enfermo. 

Dentro de la cajita, el corazón dio un brinco. – ¡Hadita, esa niña soy yo!-. Entonces le mostró la cajita que tan celosamente había guardado hasta ese momento.

La niña le cosió con sumo cuidado las alas al hadita. Entonces, ésta abrió la cajita, tomó el pobre corazón entre sus delicadas pero fuertes manos, sopló sobre él tres veces y así cicatrizaron sus heridas. Luego lo sumergió en las aguas del río, que se llevaron los restos de sangre y sufrimiento. Finalmente se lo devolvió a la niña y se lo introdujo en el pecho.

  • Hermanita, este bosque es tu hogar. Y este es el regalo que yo te hago porque te amo, con el Amor que tú te debes a ti misma. No permitas nada que te haga daño. No te faltes al respeto.

Y la niña pasó muchos años en el bosque aprendiendo las costumbres de las hadas y fortaleciendo su corazón. Aunque en la vida emprendió aún muchos viajes, siempre que podía regresaba a él para reencontrarse con su amiga y recordar viejas lecciones que no se deben olvidar. Y en él permaneció en sus últimos días sobre la Tierra, hasta que su espíritu emprendió el vuelo con unas hermosas alas.

Gracias, Espíritu, por tu presencia y tus enseñanzas. Prometo trabajar duro para enmendar los errores. Prometo tomar conciencia del Amor que me debo y aprender de cada falta de respeto y consideración hacia mí misma. Entiendo que si lo hago te alejarás de mí y no puedo soportar tu ausencia. Sin tu luz todos los caminos son estériles. Sin tu guía me sumerjo en los cenagales. Estoy aquí para desaprender lo aprendido y restaurar lo más básico: el Amor a una misma, a mí misma.  

Por: Neus Lluna

Escritoria Inspiracional