Por: Neus Lluna

Era por todos conocida como la Tirana, famosa en su reino y en los de alrededor por el rastro de terror que dejaba a su paso. Sin embargo, los más ancianos del lugar creen recordar que no siempre fue así, que hubo un tiempo muy lejano en que fue una niña alegre que irradiaba brillantes colores. 

Cuentan que amaba los pájaros hasta el punto en que comenzaron a brotarle desde los omóplatos unas hermosas y vigorosas alas. La  muchacha se sentía muy orgullosa de sus incipientes alas. Las miraba asombrada en el espejo y soñaba con el amplio mundo que se desplegaba a sus pies.

Sin embargo, sus tutores la miraban de reojo con preocupación: semejantes alas eran demasiado escandalosas, completamente impropias de una jovencita de su posición. 

– Quién sabe qué clase de locuras podría llegar a cometer-, se decían los unos a los otros. Y de este modo tomaron la decisión de amputárselas. 

Así fue como una noche la atraparon por sorpresa, entre unos cuantos la inmovilizaron y sin más, le cortaron las alas con un enorme cuchillo afilado. Y entre las tinieblas y el rojo sangre que todo lo cubrió, la niña sintió cómo sus alas, espléndidas, majestuosas alas, caían inertes al suelo y con ellas los viajes, los sueños y su vida entera.

Dicen que luego se encerró en una habitación en la torre más alta, se arrancó el corazón del pecho y lo vació completamente dentro de una botella que tapó y lanzó por la ventana, cayendo directamente al mar. Luego volvió a colocarse el corazón hueco, que a partir de ese momento se llenaría sólo de amargura.

Cuando salió de aquella habitación, los muñones de su espalda habían dejado de sangrar, aunque ya jamás dejarían de doler. No era la misma, había envejecido y perdido los brillantes colores.

  • Ahora es una dama como debe ser-, comentaron sus tutores complacidos.

Pasaron los años y su corazón se fue llenando más y más de amargura y se desató su sed de sangre. Era terrible y temida por todos. Cuentan que envenenó a todos los pájaros del reino y de los reinos vecinos, ocupándose personalmente de la amputación de las alas de sus descendientes y de muchas más.

Odiaba a todos y se odiaba a sí misma, hasta el punto en que ordenó enterrar todos los espejos del reino en un sótano olvidado.

Siguieron pasando los años y un día fijó su atención en su nieta más joven, una linda muchachita que irradiaba alegría y vibrantes colores. Observaba de reojo los delatores bultos que comenzaban a emerger desde su espalda y empezó a planear su amputación.

La niña recogía conchas a la orilla del mar para hacerse un collar, completamente ajena a las intenciones de su abuela, cuando las olas trajeron un extraño objeto a sus manos. Lo miró: era una botella. Era bonita y pensó que sería un estupendo regalo para su abuela. Fue corriendo a llevárselo y la encontró afilando un enorme cuchillo.

– ¡Abuela, abuela! Mira lo que me han traído las olas, ¡es para ti!

Destapó la botella y al instante todos los sentimientos que allí habían permanecido almacenados durante largos años fluyeron como un río hacia el corazón de la Tirana. Ésta rompió a llorar y los muñones de su espalda comenzaron a sangrar. 

En aquella ocasión, fue el enorme cuchillo afilado el que cayó inerte al suelo y la niña emprendió la ardua tarea de sanar las cicatrices de su abuela. Éste fue un proceso largo y difícil que duró varias lunas, especialmente a causa de la resistencia que oponía la anciana, quien no paraba de murmurar: – Es demasiado tarde, no habrá una nueva oportunidad para mí-.

 Y la niña suspiraba y respondía: – La habrá, siempre la hay.

Y continuaba limpiando las heridas y aplicándoles ungüento. Hasta que un día observó que de la tierna carne rosa de los muñones estaban despuntando unos pequeños brotes destinados a convertirse en unas espléndidas alas.

  • Abuela, lo mejor que tienen las alas es que, si se lo permitimos, siempre vuelven a crecer.

Así fue como la abuela rejuveneció y pudo, por fin, desplegar unas majestuosas alas. La niña, por todos conocida como Alegría, pudo crecer con las alas intactas, ayudando a sanar y a emprender el vuelo al resto de mujeres. Dicen que, desde ese momento, volvió a haber pájaros en el reino y en los reinos vecinos… Y que ya nunca más dejaron de cantar.

Por: Neus Lluna