Por: Jaime Xibillé Muntaner

Jean-François Lyotard en su texto L’inhumain se refirió no a una sola memoria sino a múltiples memorias antes de que éstas se desprendieran del cuerpo biológico para luego fugarse e insertarse en nuevos dispositivos tecnológicos que se irían convirtiendo poco a poco en lo que son nuestras memorias artificiales.

Para Platón las memorias que se desprendieran del cuerpo biológico en forma de instrumentos de inscripción, eran consideradas como un mero simulacro de la “verdadera” memoria.

Y esto nos llevaría a una notable excursión por las superficies cavernosas, donde la humanidad dejó su impronta en forma de pinturas rupestres como las que se encuentran en Lascaux y Altamira. 

De esta misma forma podríamos mencionar a la película realizada por Stanley Kubrick, 2001 la odisea del espacio.

Que inicia con un recorrido por los animales muertos en el desierto, mostrando sus esqueletos calcinados, los cuales tendrán una singular importancia en el dramatizado que realizan dos bandas de orangutanes, pues a uno de ellos se le ocurre la gran idea de utilizar un hueso como arma de percusión, para vencer a sus contrincantes: ocurre una transición que borra el periplo de años y años del despliegue de los utensilios y herramientas. En su euforia el chimpancé lanza su arma hacia las alturas y esta se va convirtiendo en una transición suave en la primera estación satelital. En ella la estación satelital todo ocurre con normalidad y las informaciones llegan por todo tipo de dispositivos digitales, que permiten la comunicación de los tripulantes con sus familias, al mismo tiempo que, reciben señales del espacio vacío en el que se encuentran y cuando se sientan a desayunar, tienen a su disposición el periódico del día, que se activa cómodamente en la mesa comunitaria. Lyotard hablará de todo esto, es decir del despliegue de las memorias desde su enraizamiento biológico, como la creación humanizadora de nuevas formas de inscripción, que van desde las primeras herramientas y de las pinturas rupestres, ya mencionadas, las cuales marcan el paso decisivo de las memorias internas a las memorias externas. Si el anciano era la memoria viva de la tribu nómada, desde las pinturas rupestres y los útiles creados, la humanidad experimenta un crecimiento exponencial de sus registros memoriosos, los cuales se van a acrecentar con la emergencia de la escritura, de la marcación de los territorios, de los registros catastrales y del asentamiento del ser humano en un territorio fijo.

Con los tipos móviles de Johannes Gutenberg, la escritura se serializa y desde ahí, la inteligencia humana y las diferentes narrativas de los saberes, pueden cruzar los océanos, colaborando de esta manera a una nueva conformación de la cultura mundializada. Por eso Marshall Mcluhan se refirió a este proceso como la llegada de un nuevo orden que denominó “la aldea global de la comunicación”, la cual logró su forma plena, con la “galaxia electrónica”, pensando que era un estadio sorprendente de la hominización, pero todavía quedaban pendientes muchas sorpresas, pues se fueron dibujando los detalles de lo que seria un nuevo espacio antropológico, el cual tuvo una previa denominación en la literatura de ciencia ficción, cuyo nombre fue designado por William Gibson como el “ciberespacio”, en el cual estamos y del cual se esperan aún muchas sorpresas.

Con respecto a la memoria, Sigmund Freud, realizó un giro copernicano y una nueva herida simbólica para el ser humano y su concepto del yo, pues este pasó a ser simplemente la punta del iceberg de las memorias y entramos, al continente africano o negro, para denominar esa dimensión desconocida de nuestra multiplicidad psíquica. De esta forma las huellas no sólo podían ser fantasmales, sino fantasmagóricas (para utilizar el término que diseminó magistralmente Walter Benjamín), recordando cosas de nuestro pasado subjetivo que nunca habían ocurrido.

Tablero Mágico de Freud

Y así llegamos al final de este recorrido, con la imagen que presentamos del rostro femenino, sumergido en cavilaciones que no están en ningún lugar y, que permite ser invadida o frecuentada, por esas huellas invisibles pero presentes, llenas de escrituras, que se asemejan a las grafías de la película “Escritos en el Cuerpo” de Peter Greenaway, cuya protagonista se ofrece como superficie primero, y luego en pincel que escribe sus propias memorias, incluso aquellas fantasmagóricas.

Por: Jaime Xibillé Muntaner

Doctorado en Historia y Arte