Por: Lindsey Mackay Robinson

Siempre había sido una persona que pensaba profundamente sobre las experiencias humanas y las relaciones a mi alrededor. Desde niña, en la intimidad de mi camita y debajo de las mantas, susurraba mis confusiones y mis problemas a Dios o a quien yo pensaba que era su mano derecha, Jesucristo. 

 

La niñez no fue fácil en mi casa ni en la escuela, induciendome a ir más adentro para encontrarme en este espacio de comunicación con algo más grande, pacífico, tierno y amoroso. Es allí donde yo quería entretenerme y todavía hoy, es el espacio que puedo crear en mi hogar y saber que estoy a salvo.

 

Una mañana hace unos 35 años me encontré en unas circunstancias que superaba mis fuerzas y paciencia, estaba al final de mi umbral de tolerancia y empujada a los límites. Estaba en mi restaurante de Londres y vivía una difícil relación con mi socio, simplemente no éramos compatibles, pero en aquel entonces no sabía tratar con la situación, me sobrepasaba.

Mi historia con ucdm. ConCiencia Magazine

Puedo tolerar muchas cosas pero celos, mentiras y engaños no tienen cabida en mi vida. Éramos jóvenes y estábamos aprendiendo, es cierto, pero siempre he valorado una comunicación honesta y coherente.

 

Entre ollas, bullicio, clientes que van y vienen, café que se sirve y un argumento que empezaba en la cocina entre una empleada (muy valorada por mí) y mi socio. Llegué al final de mi paciencia. Me quité el delantal en silencio, subí a la oficina que estaba en la primera planta encima del restaurante y tomé unas respiraciones en la quietud y la soledad que tanto necesitaba. Un momento para saber cómo podía lidiar con semejante situación recurrente en la cocina del restaurante.

 

Estaba de pie con la espalda contra la pared, no podía ni llorar de la frustración que sentía. En la profundidad de mi ser sabía que yo necesitaba ayuda para entender cómo vivir, cómo relacionarme con los demás y cómo podía lograr la armonía en situaciones adversas. 

 

Reclamé con todas mis fuerzas e intenciones la presencia de Dios. En algún lugar de mi intimidad sabía que estaba perdida, que esta situación excedía mis límites y yo necesitaba ayuda.

Hablé con Dios con rotunda claridad exclamando que no sabía vivir y pedí auxilio. Y así fue. Pocos días después una amiga pasó a verme después de cerrar su negocio en la vecindad y tomamos una cerveza juntas en la barra. Llevaba el perdiódico bajo el brazo y lo ojeaba mientras finalizaba algunas tareas en la cocina. 

 

Mientras le servía su caña de cerveza, me comentó que había un anuncio sobre un libro que podría cambiar nuestras vidas y estaba recién editado en Gran Bretaña. Un Curso de Milagros.

 

Por supuesto que pensamos que era un curso de magia, cómo sacar un conejo de un sombrero, etc. Quedamos intrigadas de saber más. Tanto ella como yo queríamos salir de la gran ciudad y honestamente, necesitábamos un milagro. Otra amiga que trabajaba en la barra también ahorraba dinero para marcharse a Darwin, en Australia, mi amiga a Jamaica y yo de vuelta a mi querida isla de Mallorca.

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