Fotografía: Marcos Molina

Por: Jorge Xibillé Muntaner   

CAPITULO I: LA PRUEBA DE FUEGO

19 de septiembre de 1971

Me desperté del duermevela que desde hacía un rato me había sumido en una especie de somnolencia parecida al preludio de un sueño reparador que no quería llegar. Estaba inquieto y la mole amenazante de la pared seguía allí e incluso parecía que crecía y que era cada vez más grande. Miré a mi alrededor y comprobé que mis compañeros también se revolvían en sus sacos de dormir. De alguna forma me tranquilizó comprobar que no era el único nervioso y preocupado por la aventura que íbamos a iniciar al día siguiente.

Éramos cuatro. Los suficientes para dos cordadas. Una estaría compuesta por Federico García, al que para abreviar llamábamos “Fede”, que iría de primero, y por Julio González que sería quien se encargaría de recuperar los clavos que pudiéramos poner. En la otra, iríamos Adolfo como cabeza de cordada y yo como segundo. Habíamos decidido dormir en el Pla de L’Ofre en una zona de prados, no muy lejos de las casas, con la intención de estar lo más cerca posible de la pared y así no perder tiempo al día siguiente en la aproximación. 

De los cuatro, el único al que parecía no afectarle esa tensión que nos mantiene alerta cuando hemos de enfrentarnos a desafíos complicados, era Adolfo. Por algo era el jefe del grupo. No solamente porque era el mayor de nosotros, si es que a estas edades se puede ser mayor, sino porque también era el más experimentado. Seguro que ya se había enfrentado antes a retos parecidos y por lo que nos constaba a nosotros, casi siempre con éxito. De otra manera no hubiéramos decidido acompañarle.

Puede ser que el saco de dormir de plumas “Pedro Gómez” que empleaba también tuviera algo que ver en este tema. Nada que ver con nuestros miserables sacos Mediterráneo concebidos casi para campamentos de verano. La verdad es que estábamos muy atrasados en cuanto al material de montaña que usábamos aquí en la isla, si lo comparábamos con el que era habitual en la península.

En toda Mallorca prácticamente sólo existía una tienda especializada en artículos de montaña. Era “Kenia” y estaba situada en un pequeño local en la calle del Call, en la parte posterior de la plaza de Santa Eulalia de Palma. Nació básicamente con el ánimo de suministrar el material que empleaban los Boys Scouts en sus salidas y acampadas. Esta organización estaba tutelada por la iglesia católica y antes de que se abriera este local, el seminario había cedido una de sus habitaciones a Matías, su propietario, donde acudían a comprar, fuera del horario laboral, los excursionistas afiliados a esta organización. Posteriormente, con el auge de la actividad, se trasladaron a la calle del Call. 

la prueba de fuego, jorge

Valle de Sóller y Cornador gros vistos desde Ofre (Foto: Marcos Molina)

El surtido era muy básico y si se quería algo más específico como martillos, mosquetones o clavos para escalar, debíamos de pedírselos a Matías Oliver, que se encargaba de traerlo de Barcelona. Matías ya era un personaje dentro del ambiente montañero mallorquín por haber formado parte del grupo de cuatro amigos que habían atravesado el mítico torrente de “Sa Fosca”, que hasta entonces se había considerado como impracticable.

Supongo que por asociación de ideas recordé como había aparecido Adolfo en nuestras vidas: Era frecuente que los soldados aficionados a la montaña que eran enviados desde la península a hacer su servicio militar en la isla, acudieran a “Kenia” para informarse. Allí Matías, con el deseo de ayudar y la paciencia que le caracterizaban, les aconsejaba a dónde dirigirse en función de sus intereses y gustos particulares.

la prueba de fuego, Jorge

Puig de l’Ofre visto desde la vall de l’Ofre (Foto: Marcos Molina)

No era el primero que había llegado a nuestro club por este conducto, pero sí iba a ser el más determinante en nuestra pequeña historia particular. Solían ser soldados que hacían el período de adiestramiento en el campamento militar conocido como CIR 14 en las inmediaciones de Son Dureta, durante un período de unos tres meses y aprovechaban su estancia para practicar su deporte favorito y de paso, conocer las montañas de la isla. 

Solían estar recluidos de lunes a viernes en el campamento y sólo se les permitían las salidas en los fines de semana, por lo que nuestra relación con ellos era bastante esporádica y además, una vez acabado este pequeño período de adiestramiento, lo normal es que volvieran a la península destinados a otras regiones militares y poco más volvíamos a saber de ellos.

Con los únicos que mantuvimos una cierta continuidad en nuestra amistad fue con un grupo de catalanes con los que en una ocasión posterior a su estancia en la isla coincidimos en una salida que hicimos al macizo de Montserrat con la intención de escalar alguna de sus famosas vías, aunque dicha salida no quedó más que en un intento porque el mal tiempo se encargó de estropearnos los planes. 

A pesar de venir por recomendación de Matías, Adolfo reunía unas condiciones especiales distintas a las de otros montañeros que habían pasado por nuestro local.

En primer lugar, lo normal era que los soldados que se unían a nuestras actividades de fin de semana fueran soldados de tierra. No sé si la razón era por la proximidad del CIR 14 con nuestro local ya que éste estaba situado en las inmediaciones de la Plaza del Progreso, con lo que la comunicación con el campamento de Son Dureta era muy fácil, a tiro de un par de paradas de autobús.

Adolfo rompió esta tradición y fue el primer soldado destinado a marina que quiso compartir su afición de fin de semana con nosotros. 

Su destino era la base naval de Porto Pí, asignado a la tripulación de un dragaminas denominado Genil. Lo cierto es que ninguno de nosotros habíamos oído hablar antes de este tipo de embarcaciones de guerra y nos llamaba poderosamente la atención que su casco fuera completamente de madera para evitar la atracción de las minas que iban a desactivar.

Se trataba por tanto de un montañero que no se iría al acabar el campamento militar por lo que su estancia entre nosotros iba a ser bastante más larga, lo que durara su servicio militar en marina que era de los más largos, concretamente de unos dieciocho meses en aquellos años. 

Adolfo, a pesar de residir en Madrid, era medio mallorquín por ser su madre oriunda del valle de Sóller. De hecho, solía pasar sus vacaciones de verano allí, en la casa de sus abuelos, por lo que conocía bastante bien esta parte de la Sierra de Tramuntana. Esta era una de las razones por la que había solicitado voluntariamente destino en Palma. La otra era porque estaba estudiando la carrera de náutica que podía seguir en la escuela situada en la calle Villalonga en el barrio de Son Cotoner y que también se encontraba relativamente cerca de nuestro club.  

De hecho, si estábamos esta noche aquí, al pie de una gran pared, era precisamente por él. Sus abuelos poseían una pequeña caseta, que aquí denominamos como “porxos”, en el “Barranco de Biniaraix”, justo debajo del “Cornador Gros” y es de suponer que en sus múltiples visitas acompañando a su abuelo hasta este mágico lugar, se quedara largas horas extasiado contemplando esta pared.

la prueba de fuego, jorge

Pared norte Cornador Gros (Foto Marcos Molina)

La verdad es que la visión del “Cornador Gros” desde este punto es impresionante por estar situado justo debajo de esta enorme mole que de hecho vigila y condiciona todo el barranco, sometiéndolo con la sombra de su amenazante presencia. 

Es muy normal, para los que nos gusta la escalada, que al observar una pared inmediatamente estemos trazando itinerarios imaginarios en busca de los pasos más lógicos para conseguir vencer su verticalidad. Posiblemente lo mismo debía de hacer Adolfo: Sospecho que primero casi como un juego siendo aún un niño pero que luego, con el discurrir de los años, iría tomando la forma de un deseo consciente que más tarde o más temprano habría de cumplir. Posiblemente, si todo funcionaba como pretendíamos, mañana sería el día en el que vería cumplido su sueño.

Había llegado el momento de la verdad. Hacía pocos días que Adolfo en compañía de Juan Valiente había abierto una vía más abajo, en la arista del “Cornador Petit”. Se trataba de una vía larga, de unos 400m, de una dificultad no demasiado alta pero que requería de un buen instinto montañero dada su longitud. Ahora estábamos a punto de asaltar a su hermano mayor el “Cornador Gros” y era de suponer que ofrecería más resistencia, que no se dejaría conquistar tan fácilmente como su hermano menor.

Según nos había contado Adolfo, antes de intentar abrir la vía del “Cornador Petit” había tenido que instruir a Juan Valiente con algunas de las nociones básicas y elementales de la escalada. Se trataba de una persona muy joven y sin experiencia previa. No era una excepción porque como él, la mayor parte de los que estábamos interesados en iniciarnos en esta actividad, éramos bastante bisoños y novatos. Este deporte estaba dando sus primeros pasos en la isla. Adolfo ya contaba con esta circunstancia y además, parecía que tampoco le preocupara en exceso dada la gran confianza que tenía en sus propias capacidades.  Lo importante era llevar a alguien de segundo para que le asegurara mientras él daba los pasos más arriesgados.

Nuestro caso era un poco diferente porque ya teníamos cierta experiencia. No mucha, pero no éramos novatos del todo. Habíamos hecho ya algunos intentos por nuestra cuenta y habíamos abierto alguna vía no de gran dificultad pero que tenían el mérito de que las habíamos realizado por nuestros propios medios.

Éramos autodidactas con todas las implicaciones que representa esta palabra. Ésta era la primera vez que íbamos a escalar con alguien que tenía más experiencia que nosotros y hasta cierto punto, era lógico que estuviéramos un poco nerviosos.    

En el saco de dormir no pude más que esbozar una sonrisa al recordar nuestros primeros intentos en una pared. Fueron en la llamada “Nariz el Diablo” en las inmediaciones del “Coll De Sa Bataia”, cerca del monasterio de Lluc. Desde este punto, en dirección al Massanella, se observa una enorme aguja que por su particular perfil ha recibido este nombre singular por recordar a un enorme apéndice digno del señor de los infiernos.

Puig des Caragoler-Nariz del Diablo (Foto Marcos Molina)

Está situada en el camino a la “Coma Freda” que es el que nos lleva hacia el Puig del Massanella. Es una aguja que en su parte Norte presenta un techo bastante significativo y que en aquellos momentos era totalmente inaccesible para nosotros pero que en su vertiente Este presenta una pared bastante vertical pero que nos pareció accesible. 

Durante bastante tiempo estuvimos obsesionados con esta pared, pero cada vez que intentábamos una aproximación parecía que el cielo se ponía en contra nuestra. Estuvimos acampados en más de una ocasión a sus pies, incluso varios días en una Semana Santa, pero siempre llovía y no nos quedaba más remedio que desistir hasta que por fin, un día el tiempo nos fue propicio y pudimos poner nuestras manos en esa roca que parecía no querer que la mancilláramos con nuestra presencia.

Ser autodidactas significa repetir los mismos errores que ya han cometido otros antes que nosotros porque cuando se experimenta se suele seguir la misma lógica. Nosotros hicimos lo mismo que Whimper en el Cervino. Éramos cuatro y nos encordamos en fila uno detrás del otro, dejando algunos metros de distancia entre nosotros. La idea era que el que iba delante debía de ascender hasta algún punto donde podría detenerse con algo de comodidad y a continuación los que le seguíamos deberíamos llegar hasta ese punto. Una vez reunidos, debíamos volver a repetir la misma operación.

Puig des Caragoler (Nariz del Diablo)y vall Comafreda (Foto Marcos Molina)

Obviamente fue un fracaso total porque en el primer largo a Fede, que era quien iba delante, se le acabó la cuerda sin llegar a un sitio seguro. La solución era que los otros miembros de la cordada nos desplazáramos hacia arriba para liberar algo de cuerda, lo suficiente para que pudiera continuar avanzando. El inconveniente de realizar esta maniobra era que todos nos colocábamos en una situación precaria y si alguno caía arrastraría al resto de la cordada. 

Esto fue exactamente lo que le pasó a la cordada de Whimper cuando descendían del Cervino después de ser los primeros en llegar a su cumbre. Iban encordados a pocos metros los unos de los otros hasta que uno de ellos cayó arrastrando a los demás. Murieron cuatro escaladores incluido el propio Whimper. Obviamente, ante esta perspectiva, optamos por retirarnos comprendiendo que nuestra técnica era muy rudimentaria y que debíamos mejorarla aprendiendo más por medio de los libros de montaña, que eran nuestra única fuente de información, para intentarlo con más posibilidades de éxito en otra ocasión. 

Por fin, con todos estos pensamientos rondándome por la cabeza y entreteniendo mi ansiedad, me quedé dormido. Habíamos acordado que nos levantaríamos temprano. No sabíamos el tiempo que nos llevaría escalar la pared y queríamos aprovechar al máximo las horas de luz. Como suele ocurrir en estos casos, parecía que me acababa de dormir cuando me zarandearon mis compañeros para que despertara.

Rápidamente desayunamos y recogimos nuestros sacos. Estábamos ansiosos por emprender el pequeño tramo del camino que nos había de conducir hasta la faja que hay justo debajo de la pared. Se trata de una repisa poblada de carritx (carrizo) donde debíamos dejar parte del material que portábamos para evitar cargar con un peso innecesario y que no nos sería de ninguna utilidad en la pared. Allí quedaron, entre otras cosas, parte de la comida y los sacos de dormir que nos habían ayudado a sobrellevar la noche anterior.

Las paredes orientadas al Norte son de por sí poco “amigables”. Es debido a la poca incidencia del sol en su superficie durante la mayor parte del día. En invierno prácticamente no reciben rayos solares y cuando los reciben ya es por la tarde y el sol ya calienta muy poco. Esto se traduce en paredes húmedas y en muchas ocasiones pobladas de mohos que dificultan la adherencia.

Este caso no iba a ser una excepción y vimos con cierta preocupación que la parte baja de la pared era de color blanquecino, síntoma inequívoco de la presencia del temido moho. Además de esta circunstancia, nos encontrábamos justo debajo de una pared con unos 275m de desnivel y al levantar la cabeza para intentar ver la cumbre, parecía que la parte vertical nunca se terminaba.

Obviamente, a pesar de esas malas impresiones iniciales, ninguno de nosotros manifestó sus temores. No queríamos que Adolfo pensara que estas pequeñas circunstancias adversas nos afectaban. Teníamos mucha ilusión, muchas ganas de escalar y una gran confianza en sus capacidades.

La idea era que la cordada que formábamos Adolfo y yo fuéramos en primer lugar y a continuación la formada por Fede y Julio. Cada cordada emplearía su propio material, excepto los clavos, para así intentar agilizar la marcha. Adolfo inició la escalada en un largo con orientación hacia la izquierda en medio de la pared cubierta de moho, pero resultó que la adherencia no era tan mala como habíamos previsto en un principio.

Durante cada uno de los largos, el que escalaba de segundo debía retirar el material colocado por el primero, básicamente mosquetones y drizas y al llegar a la reunión, debía de entregárselo al primero para que éste continuara escalando sin mayor pérdida de tiempo. Aquí apareció nuestra falta de práctica en este tipo de organización, porque en este aspecto éramos bastante anárquicos y a medida que retirábamos el material nos lo colocábamos en el arnés sin ningún orden, lo que obligaba a tener que clasificarlo de nuevo antes de iniciar el siguiente largo. 

Como era de prever, recibí la primera regañina por parte de Adolfo y evidentemente, lo que me había sucedido en el primer largo ya no volvió a suceder en los siguientes. Procuraba llegar con el material ordenado y clasificado para entregárselo sin necesidad de pérdidas innecesarias de tiempo. Realmente ésta era una de nuestras principales preocupaciones porque no teníamos ni idea de cuánto podría durar la escalada ni las posibles dificultades que podríamos encontrar más arriba.

Hicimos varios largos de 4ª dificultad hasta que ésta bajó un poco. Llegamos a una repisa más amplia a la que denominamos como “Plaza Mallorca”. Este lugar nos permitió descansar durante un breve espacio de tiempo. Por los largos que habíamos hecho, estaba claro que ya habíamos superado en altura cualquier pared anterior en la que hubiéramos estado. Le pregunté a Adolfo si pensaba que faltaba mucho para llegar arriba. Me contestó que creía que estábamos a la mitad de la pared.

La verdad es que disfrutábamos escalando y hasta el momento no habíamos tenido ningún contratiempo por lo que la idea de continuar escalando una parte, por lo menos igual de larga que la que ya habíamos recorrido, me produjo mucha satisfacción.

Para salir de la “Plaza Mallorca”, se debía ascender por una pequeña chimenea. Del fondo de la grieta salían unas pequeñas ramas y mientras esperaba a que subiera Adolfo, me quité el casco y lo colgué de una de ellas. Esto es algo que no debe hacerse nunca porque la posibilidad de caída de piedras es grande y la cabeza siempre tiene que estar protegida. Pero no era más que otro síntoma de mi falta de experiencia. Lo malo es que cuando tuve que comenzar a subir, dejé el casco allí olvidado por lo que el resto de la pared fui sin este complemento tan necesario. 

la prueba de fuego, Jorge

 

Hicimos otro par de largos de 4ª dificultad y cuando estábamos casi debajo de una especie de rombo que es muy visible en la pared y que por esta razón da nombre a la vía, Adolfo se vio en la necesidad de tener que montar una pequeña tirada en artificial mediante la colocación de cuatro o cinco clavos. 

Para intentar ganar tiempo se le ocurrió que en vez de subir yo a continuación de él como habíamos hecho hasta el momento y para que el cabeza de la segunda cordada no tuviera que volver a colocar ni mosquetones ni estribos, que subiera Fede. A continuación, subiría Julio y por último subiría yo que iría retirando todo el material. Nos armamos un pequeño lío con la artificial y la verdad es que no se volvió a intentar este método porque no se consiguió lo que se pretendía que era ahorrar tiempo.

La salida del último clavo era bastante expuesta, pero a partir de la siguiente tirada, la dificultad descendió considerablemente. En tres largos más de 3ª ya estábamos en la salida de la vía, a poca distancia del pequeño mirador que allí existe y que se le conoce como el “Mirador de Xim Quesada”.

¡Lo habíamos conseguido! Estábamos muy contentos porque para nosotros era nuestra primera gran pared y se había abierto la primera vía de escalada de dificultad en Mallorca. Nos dimos la mano felicitándonos efusivamente. Todo había ido bastante bien y pese a no conocernos mucho con Adolfo, habíamos disfrutado enormemente con la escalada y todo había rodado razonablemente bien.

Habíamos superado lo que para nosotros era una prueba de fuego. Habíamos estado a la altura, sobre todo Fede que había repetido de primero todos los pasos que previamente había dado Adolfo porque escalábamos en cordadas independientes. También lo importante para nosotros era que Adolfo había demostrado sobradamente su liderazgo como jefe de cordada.  

Un escalador obviamente debe de poseer una serie de condiciones físicas imprescindibles y sin las cuales más le vale no embarcarse en estas aventuras. La fuerza en los brazos, el equilibrio, la elasticidad, la resistencia, la ausencia de vértigo, etc, son importantes.  Pero no basta con esto. Tanto o más importante es el componente psicológico. 

Siempre me maravilló la fuerza mental que ha de poseer el escalador que lidera una cordada abriendo una nueva vía. Por la cabeza del que va delante nunca puede pasar la sombra de la menor duda. Ha de tener una fe ciega en sus fuerzas y en que va a ser capaz de superar todas las dificultades. Si dudara lo más mínimo, tendría miedo, perdería la convicción necesaria y con ella todas sus posibilidades de éxito. Era obvio que Adolfo atesoraba estas cualidades

Desde el mirador las vistas del barranco de Biniaraix nos parecieron extraordinarias y con la euforia teníamos la sensación de que el mundo estaba a nuestros pies. Todo era mucho más pequeño y al alcance de nuestra mano, visto desde allí.

Solo nos quedaba llegar hasta el refugio que está situado unos metros más arriba. Allí aprovechamos para descansar y comer algo. Aún teníamos que volver hasta la base de la pared a recoger el material que habíamos dejado y luego por el camino del barranco, llegar hasta Sóller antes de que se nos hiciera de noche.

El trayecto de Palma hasta Sóller lo habíamos hecho en el coche del abuelo de Adolfo, quien amablemente nos había acompañado hasta Biniaraix, dejándonos en el lavadero donde se inicia el camino del Barranco. Pero por lo general, al no disponer ninguno de nosotros de nuestro propio coche, los desplazamientos los hacíamos bien en transporte público o bien a bordo de nuestros pequeños ciclomotores. En este caso el único medio del que disponíamos para llegar a Palma era coger el último tren de las 18h en Sóller, así que no había mucho tiempo que perder.

Al descender de nuevo hasta la faja para recoger las mochilas, apareció un hombre que nos preguntó si había pasado algo raro. Nos sorprendió su presencia porque suele ser una zona bastante solitaria y más a la hora que era. Pero también nos sorprendió por su pregunta. Parecía que se había producido algún accidente, pero tampoco nos pudo explicar mucho más porque tampoco él sabía lo que había ocurrido exactamente. Alguien había dado el aviso y estaban rastreando la zona en busca de alguien accidentado.

Posteriormente supimos que en el Cornador Petit un compañero nuestro, Gaspar Fiol, al que conocíamos como “Parín” había quedado colgado del brazo al intentar descender con una cuerda. Se había producido el primer accidente relacionado con la escalada que en esos momentos estaba iniciándose en Mallorca. Tuvo que ser rescatado por miembros de la Guardia Civil y no tuvo consecuencias trágicas, aunque a nuestro compañero le supuso una buena temporada con el brazo inmovilizado. De la noticia se hizo eco el Diario “La voz de Sóller”.

Por: Jorge Xibillé M

Próximamente…