Por: Vicente Segura Ybars

 

No hay Ser Humano que no haya celebrado la Navidad. Todos la conocemos. Aunque sea en su versión más actual y comercial, tan criticada como alabada. Todas las razas, con todos sus pueblos, la han celebrado y siguen celebrando el Nacimiento del Señor, Nuestro Dios. 

Cada uno a su manera. Tantas han sido las variantes de sus celebraciones y tanto tiempo ha pasado, que pocos recuerdan el verdadero sentido y significado de la más famosa de las celebraciones espirituales. Así por lo menos fue durante los tiempos del pasado. Una celebración espiritual, desvirtuada en Occidente de tantas maneras que ya apenas nadie de nuestro mundo moderno, puede recordar la trascendencia que representa el momento más puro y profundo del ciclo anual. Tantas superposiciones que todo se siente apenas ya como «un día más», en la más absoluta incapacidad del sentir de su razón de ser. 

Aún más, cuando uno investiga sus ancestrales orígenes, millones son los que, deslumbrados por la multitud de variedades culturales que la han festejado durante milenios, incluso centenares de estos, han perdido su fe. Un millar de millones son los cristianos sobre la Tierra. Otros tantos, a lo largo de la historia eclesiástica, se han enfrentado a la verdad, como una prueba de su fe o fe ciega, constituyendo no más que la fe al apego y aferramiento de los altares (altares consagrados, sin ánimo de ofender a nadie, a los lúgubres templos), construidos durante siglos y en realidad milenios, en honor a la muerte; y no en su sentido espiritual como se pretende, sino a la muerte de la trascendente Verdad, que subyace en lo más profundo de tan singular fecha Solar. 

Pero como el llamado Salvador del Mundo denunciaba: «Levanta una piedra y ahí estaré». No precisamos de esas oscuras herramientas externas. El secreto que descubrió e integró su figura histórica está imbuida de todos los Secretos que yacen para con susodicha fecha, la cual se le otorga a su nacimiento, el 25 de diciembre, el Solsticio de Invierno, asertivo instante, el cual en realidad, como veremos, poco tiene que ver con la real fecha del nacimiento, incógnita absoluta, de su figura histórica.  

Y ese secreto de los secretos, detrás de la Natalidad Divina, es Patrimonio de la Humanidad en su totalidad. Razón de Ser. Razón olvidada. Razón que conlleva el esfuerzo entre los esfuerzos interiores. Razón de su paulatina degeneración. 

Tratemos entonces de llamar a su puerta, para procurar dar aunque sea un simple paso hacia su Verbo, que apuntaba como la flecha más afilada del arco más tensado, hacia el centro de nuestros corazones. Centro indivisible de los demás centros, de todos y cada uno de ellos. Centro indivisible de la esencia solar. Centro solar que es más evidente y palpable para la Humanidad, siempre centrada en la experiencia exterior, desconectada de su experiencia interior, donde yace la verdad de su centro solar. 

Así nació la primera alabanza al descubrimiento interior, que no podía ser expresada en las jóvenes mentes de aquellos primigenios hombres (en realidad mujeres) de otra manera, más que apuntado con sus dedos al Sol. Imagen que, en su infinita compasión, sus miles de representantes ascendidos a lo largo y ancho de la Historia mundial, repetían una y otra vez.

 

EL CULTO AL SOL

Culto al sol. Vicente Segura Ybars

La Esvástica constituye uno de los símbolos solares más antiguos de la humanidad, tristemente usurpada en el s.XX por las confusas fuerzas oscuras, con el pretexto de la liberación.

 

El respeto y adoración de las personas hacia nuestro astro rey, desde los tiempos sin principio, inmemoriales, es fácil de comprender, puesto que constituye de una forma inconcebible, toda protección y origen de la Vida, el Secreto del Génesis comprimido en una «simple fecha».

A lo largo de todas las edades, se le ha visto como la Luz Salvadora, de los peligros que conlleva la oscuridad, con todas sus amenazas, de todo tipo; no solo respecto, por ejemplo, a las antiguas bestias y depredadores que acechaban y merodeaban entre los campamentos y asentamientos, sino como un Poder que no era fácil de encajar en el Logos y pensamiento: como por sí solo, en su Omnipotencia, otorgaba prosperidad a todos los seres sobre la tierra, independientemente de su condición. 

 Pudieron observar, contemplar y entender cómo las plantas y animales recibían su calor (y Energía Universal) prosperando sin parangón. Así por ejemplo, las cosechas, en un principio sin ningún tipo de alteración antrópica ni siquiera en el sentido más leve y escueto de la agricultura,  podían germinar, crecer y sobrevivir gracias a su esplendor, sobretodo en la mitad luminosa del año, en comparación con la otra mitad fría y oscura, transcurrida desde otoño hasta primavera, entre los dos equinoccios, que no tardaron en...

 

 

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