Por: Jaime Xibillé Muntaner

Doctor en Historia y Arte

El 68: año de mutaciones.

Lo que sucedió con la revolución de mayo 68, iniciada por los estudiantes parisinos, y posteriormente apoyada por el sindicato de trabajadores de Francia, no fue una emergencia simplemente eruptiva, sino más bien la explosión de magmas incandescentes, que pedían nuevas figuras, que transformaran los órdenes de la cultura, hasta ese momento liderado por una gerontocracia.

Los estudiantes pertenecían a un nuevo paradigma epistemológico, el cual había permeado a toda la cultura juvenil. Desde el nuevo papel director que asumió la lingüística estructural, y todas las demás ciencias humanas, guiadas por ese modelo, propiciaron un clima de mutaciones, que atravesaban los diferentes saberes cobijados en esa denominación.

Por cierto, desde ese momento las ciencias humanas comenzaron a ser “inhumanas”, pues como lo decía Michel Foucault: “El hombre no es más que una figura efímera, como lo es una huella en la playa, antes de que venga la siguiente ola para hacerla desaparecer en el horizonte”.

Los jóvenes no ansiaban reivindicar el pasado, ni forjar futuros que tuvieran como soporte un proyecto final o un sentido teleológico como si de una fenomenología del espíritu se tratara. Era el momento de “El Aquí y Ahora” y el grito de “no futuro”, época del desencanto de los mitos, que prometían edenes o sociedades libres, donde el ser humano lograría la conjunción del trabajo y el arte, una sociedad sin clases, una realización del sí mismo. Surgieron nuevos movimientos contraculturales, como el hipismo, iniciado por los adolescentes que ya no creían en los valores de las sociedades consumistas del capitalismo occidental.

Cambiaron sus vestimentas con estilos gipsy, privilegiaron una forma de vida nómada, comenzando a vivir en comunidades propias, como sucedió en San Francisco, que luego se extendió por Estados Unidos y todo el continente americano. Pronto, con la emergencia de los Beatles, adoptaron la música Rock, cuyo apogeo fue el festival de Woodstock, celebrado el 18 de agosto de 1968, con la participación de grupos musicales de todos los Estados de la Unión. Desde ese año, “ser joven”, se convirtió en una categoría existencial para todos los géneros y todas las edades.

La Pirámide Trunca

Octavio Paz

La imagen de México como una pirámide es un punto de vista entre otros igualmente posibles: el punto de vista de aquel que está en la plataforma que la corona. Es el punto de vista de los antiguos dioses y de sus servidores, los señores pontífices aztecas. Así mismo es el de sus herederos y sucesores: Virreyes, Altezas Serenísimas y Señores presidentes. Y hay algo más: es el punto de vista de la inmensa mayoría, las víctimas aplastadas por la pirámide o sacrificadas en su plataforma-santuario. La crítica de México comienza por la crítica de la pirámide.

La geografía y el poder cruel, que se centra en la plataforma santuario de la pirámide trunca, son el símbolo de una continuidad de la historia invisible de México y de la sucesión ininterrumpida del mito, el rito y los ceremoniales rituales.

Las ceremonias rituales como actualización e interpretación, que los humanos realizan, en esa conjunción de la tierra y el cielo, de lo humano y lo divino, siempre exigiendo la sangre como líquido fundamental para que giren las ruedas que hacen funcionar a todo el cosmos.

 De esta manera, las relaciones entre la antigua plaza de Tlatelolco y la Plaza Mayor de México-Tenochtitlán, prosiguen la historia de lo visible y lo invisible, que une a los rituales sedientos de sangre con los poderes fácticos del Partido Revolucionario Mexicano (PRI). En esa línea de sucesión, anteriormente mencionada, como el heredero del movimiento telúrico de La Revolución, hasta llegar a petrificarse en la contemporaneidad, como partido que pretende su perpetuidad.

La masacre del 2 de octubre de 1968, fue la regurgitación magmática de la pirámide trunca, exigiendo de nuevo la sangre humana, para la continuación de su poder. Por ello la crítica a la pirámide es la crítica al poder, es el ácido que hace disolver a las figuras petrificadas, para permitir el juego, la fantasía, la imaginación y llegar a los espacios de la libertad.

Libertad

Después de la II Guerra Mundial, se comenzó a configurar en el occidente capitalista y democrático, lo que se llamó el American Way Of Life, el cual fue exportado a escala universal desde ese momento, gracias al poder de los imaginarios cinematográficos, producidos por Hollywood.

La modernidad llegó a todas las casas, de los países que en la “época de progreso”, se denominaban subdesarrollados, lográndose de esta manera, una expansión sin precedentes, cuando esa modernidad se hizo presente en la vida cotidiana, en forma de espectáculo visual.

Con el sistema de la moda, el consumo se convirtió en la premisa importante de lo que se pensaba que era el ideal para una sociedad del bienestar. Los valores se supeditaron a este sistema. El Sísifo contemporáneo, tenía que rebelarse contra esta maquinaría infernal. Eso fue lo que hicieron los jóvenes con la revolución estudiantil de mayo del 68 y con su expansión a nivel planetario.

Juventud

Los jóvenes antes de mayo del 68 envejecían muy pronto. Muchas veces utilizaban artilugios para ello. Muchos, al salir de sus estudios politécnicos o universitarios, intentaban parecerse lo más posible a un adulto maduro, vistiéndose como ellos, y algunos utilizaban anteojos, para aumentar su edad, aunque gozaran de buena vista. Era un mundo de gente mayor.

La revolución estudiantil y el movimiento hippie, llenaron el mundo con nuevos valores, creando una contracultura que poco a poco se fue estableciendo y domesticando, hasta convertirse en Cultura Joven.

Las topologías mentales, los sistemas de signos, impulsados por el “Arte Pop”, la minifalda y la nueva música del Rock, dispararon a la juventud y su axiología, a movilizaciones culturales, que transformaron a la sociedad.    

 

Mujer

De las calles de revolución, con la tarde tibia camina el atardecer del silencio, con inhalación, exhalación, sudando las letras de la pancarta con respiración precisa y allí se inició el vuelo de las aves,

se abrieron las jaulas anquilosadas del miedo; la parvada voló por la noche, apagó el fuego de la pólvora y abrió las alas al futuro. (…)

Luces, en los ojos de Marieta cuando rompe las fronteras del machismo ancestral.

Fragmento del poema: Aves Nocturnas.

Ismael Colmenares y Mayra Cebreros (homenaje a las mujeres conocidas durante los levantamientos de octubre del 68).  

Turbulencias: Lo familiar, lo social, lo político

Si no hubiera existido la sublevación de los jóvenes, se podría considerar a esta pequeña serie de Tlatelolco verano del 68, como un thriller político. Nos recuerda de alguna manera al director de cine Costa-Gavras, pero contextualizado esta vez en un escenario tan complejo como el de México 68.

Ya señalamos anteriormente a la Plaza de las Tres Culturas, como parte fundamental de las geografías simbólicas de Octavio Paz, y como espacio sagrado, donde se conjugan los humanos y los dioses y el mito y la política. Una producción excelente, para comprender los entresijos de un movimiento libertario, el cual nunca quiso el poder, pues ese no era su objetivo, tal como se había mostrado unos meses antes, en la revolución estudiantil en París.

Los jóvenes se encontraban presos en una sociedad patriarcal, donde se privilegiaba la búsqueda del bienestar económico, bajo el patrocinio de un estado, que había institucionalizado a la revolución, y se había petrificado en el poder.

El PRI había sacrificado todo, incluyendo la libertad, para lograr ese progreso económico, que mostraba sus frutos, en el momento en que los jóvenes levantaron su voz y las mujeres su grito de independencia.

Un Extraño Enemigo se centra en los entresijos del poder, de los tejemanejes políticos, enfrascados en un objetivo principal, como fue el de Los Juegos Olímpicos, que pondrían a México en el escenario mundial. Era fundamental para ese proyecto, que no hubiera perturbaciones de ningún tipo, ni estudiantil ni obrero, que pudieran retrasar la buena marcha, de la construcción del equipamiento necesario, para que se realizaran los juegos con toda normalidad y seguridad. El 2 de octubre de ese mismo año la masacre de Tlatelolco confirmó esa decisión.

La película Tlatelolco verano del 68, entrelaza los 3 órdenes de lo familiar, lo social y lo político, con dos jóvenes que viven su romance y su promesa de futuro, en medio de las convulsiones políticas, sociales y militares, más graves desde La Revolución Mexicana.         

Por: Jaime Xibillé Muntaner.

Doctorado en Historia & Arte.